Columna originalmente publicada en www.laotraesquina.co
A la luz de los acontecimientos
de la última semana, la organización narcoterrorista Farc ha recibido como un
tanque de oxigeno político la reelección de Juan Manuel Santos. Volver a salir a las carreteras a quemar
vehículos y poner explosivos en las ciudades son indicadores de sentirse en una
posición de tener el sartén por el mango.
Y es que quizá no están lejos de ello pues el tal proceso de La Habana,
es el abyecto paraguas con el que el Presidente Santos ha cobijado toda su
ineptitud ejecutiva. Colombia va mal y todo lo abominable que al gobierno se le
ocurre hacer, lo justifica con la búsqueda de “la paz”.
Lo complejo del asunto, es que al
señor jugador de poquer, le ha dado por apostar con la sangre de los
colombianos de bien, y sus compañeros de juego son los más crueles y
sanguinarios terroristas que haya conocido la historia. Terrible escenario
donde quienes ponemos los muertos somos los ciudadanos, las instituciones
democráticas y los campesinos, mientras que los terroristas se enriquecen
alimentados por el perverso negocio del narcotráfico, y el Presidente Santos se
sirve de ellos para concentrar en su persona el poder político del país, en
desmedro del camino de desarrollo y pacificación que debe seguir toda nación
democrática.
Todo crimen contra la humanidad
que haya sido cometido en el orbe, y del cual muchos de nosotros como colombianos
hemos repudiado, como los de Boko Haram, Al Qaeda, Ira y Eta, pasando por las
matanzas étnicas de Africa y llegando hasta los conflictos religiosos de
oriente, han sido superados con creces por la narcoterrorista Farc y su filial
M-19, en número de víctimas y nivel de crueldad, y sin embargo, lejos de ser perseguidos por
el estado y condenados por la intelectualidad colombiana, son más bien tratados
como una especie de rebeldes con causa con quienes la sociedad tiene contraída
una deuda, y es entonces cuando al amparo del miserable sofisma del pensamiento
diferente, se les permite y casi que se les aplaude toda su colección de
vejámenes. A algunos, incluso se les
elige Alcaldes de Bogotá, mientras los verdaderos defensores de la democracia
son perseguidos judicialmente y mantenidos privados de la libertad utilizando esperpentos jurídicos que harían palidecer a
cualquier dictador.
Y el caso tiene tendencia a
empeorar, pues es presumible que con la complacencia del gobierno Santos, se
produzca una escalada terrorista de alta magnitud, que lleve a que la sociedad,
presa del terror, se quiebre en su voluntad y apruebe en las urnas cualquier
locura que resulte de esa negociación entre bandidos, amparada por el bandido
mayor que gobierna la isla-prisión de Cuba. El terrorista no conoce otro medio
para lograr sus objetivos que la implantación del terror y cuando gracias a las
infinitas desgracias que parecen suceder únicamente en el país del sagrado
corazón, cuentan con un gobierno proclive al crimen, no es difícil intuir las
duras horas que le esperan a la patria.
Por su parte el gobierno, ya
libre de la presión electoral, va a tratar de dilatar el famoso proceso al
máximo posible para sacarle toda la utilidad posible mientras las Farc cumplen
con su objetivo de someter mediante el terror a toda la sociedad. Todo ello
para lograr un acuerdo que de todas maneras, nos va a dejar el 70 u 80 por
ciento de los actores violentos en pleno ejercicio, fortalecidos políticamente
y con su boyante negocio de narcotráfico produciendo un “realero” que seguirá
alimentando los fusiles de unos irredimibles que gracias a esta tragedia
conocida como la reelección de Santos, tendrán un mínimo de 4 años de patente
de corso para asesinar colombianos de bien. Puesto el panorama, la verdad no
entiendo que es lo que celebra el santismo, si es que tal cosa existe.
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
Ad: Tratar de combatir una pluma con un fusil, muestran la ignominia y
el pauperismo político de las organizaciones terroristas.
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