Juan Domingo se despertó con la
más grande sensación de felicidad que hubiese sentido jamás. Se quedó en silencio escuchando el majestuoso
concierto de trinos que en perfecta sincronía, estaban ejecutando los
cristofués, secundados por unos cuantos canarios sabaneros y la pareja de
azulejos que recientemente habían anidado en el camoruco que daba sombra a la
caballeriza. No era que al criollo le pareciera; era que hoy estaban más
afinados que nunca llenando de música la inmensidad de la llanura. El viento tibio de esa mañana de marzo
entraba suavemente por la ventana de su habitación y la llenaba de aroma a
llano. Estaba feliz Juan Domingo; con los ojos aun cerrados, hacía el recuento
del sueño que había tenido. Le parecía
muy extraño que recordara absolutamente todos los detalles con tanta precisión,
pero luego desechaba esa sensación de extrañeza; finalmente había soñado con
Paulina y era más que lógico que su mente lo recordara con tanta claridad.
El primer recuerdo del sueño, lo
ubicaba en el chinchorro que había guindado a la sombra de los mangos del
patio, desde donde se divisaba el trillo que llegaba al tranquero del hato. A
esa hora de la tarde, el sol pegaba muy fuerte, por lo cual, el criollo había
decidido esperar un poco, antes de salir a la sabana y se había recostado, café
en mano, a matar el tiempo. En ese punto del patio, el viento de la tarde soplaba
fuerte y fresco, de manera que no había una mejor forma de sobrellevar esa
monótona jornada. Elias, uno de los
vaqueros del hato, con quien Juan Domingo había trabado una cercana amistad,
guindó al pie del criollo y estaba
recostado zurrungueando un cuatro viejo. Entre conversa y conversa, se
trenzaron en una suerte de contrapunteo, pero no de versación, sino de silbo y
canto de pasajitos sabaneros; en un par de suspiros, la tarde se tornó de color
araguato con el sol a punto de ponerse. Con la vista puesta en el tranquero, Juan
Domingo notó que llegaba, remontada en un potro rosillo, una figura femenina.
Quedó de un solo brinco puesto en pie; no
podía creerlo. Después de tanto extrañarla, después de tanto echarla de menos,
pero sobre todo después de haberse acostumbrado a su ausencia, había regresado
Paulina. Y la única razón comprensible, por la que Paulina habría vuelto al
hato, era por Juan Domingo. Al hombre se le salía el corazón; cada latido lo
sentía como la patada de una mula. Elias seguía tocando y cantando mientras
Juan Domingo movido por la fuerza de la emoción, caminaba cansino pero
decidido, a recibir a su catira.
No le preguntó absolutamente
nada; simplemente se paró al lado de la cabalgadura y le ayudó a
desmontar. Un abrazo largo, cálido, y
con una subrepticia lágrima incluida fue todo el saludo que la catira le
dio. Y Juan Domingo le correspondió
exactamente con el mismo cariño con que la había despedido, cuando hace unos
meses, Paulina había dejado el hato envuelta en un mar de dudas y temores. Juan Domingo notó que la bendita brasa que la
catira le había dejado sembrada en el centro del pecho, jamás se había apagado
y que ahora, atizada por la luz de su sonrisa, se había convertido nuevamente
en candela viva.
En un instante, Juan Domingo
recordó aquella carta que le había enviado a Paulina como presente de navidad y
de inmediato, hizo lo que en esas letras había plasmado y que por meses, había
anhelado poder convertir en realidad. Tomó entre sus manos el hermoso rostro de
la catira, y con un cariño rayano en la devoción, le estampó un inmenso beso en
su frente. La catira cerró sus ojos y abrazó
a Juan Domingo con tanta fuerza como le fue posible. Elias, inmutable, seguía sacándole notas al
cuatro, absorto quizá en sus propias ensoñaciones y ambientando sin querer el
reencuentro del criollo y la catira.
La noche había cubierto por completo la
pampa y agarrados de la mano, Juan Domingo y Paulina quedaban por fin arropados
bajo el mismo techo, durmiendo en el mismo colgadero; diciéndose al oído todo
lo que por las muchas dificultades, hasta ese día, no se habían dicho. Hubo palabras, si, muchas, llenas de cariño, pero
más que eso, hubo la concreción de unos amores tan contrariados como
sinceros. Paulina había dudado, había
ido, había venido, y Juan Domingo la había esperado, y vaya que había valido la
pena. Así, en ese nivel de detalle recordaba Juan Domingo el sueño de la noche
anterior y se rehusaba a pararse del chinchorro, esperando dormir de nuevo para
soñar otra vez, con su Paulina del alma.
Tratando infructuosamente de
quedarse dormido, sintió unos pasos y un inconfundible aroma a canela y a café
colado; abrió los ojos, era ella, si, era Paulina, hermosa, sonriente, de pie junto al chinchorro con el primer cerrero en la mano... ¿sería que no había sido un
sueño?
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
Existirá en la vida algo más grandioso que el amor. Que sería de nuestra existencia si él no existiera. Tus cuentos son hermosos y llenan de alegría muchos momentos de nuestro diario vivir. Te felicito. Eres un gran escritor y tienes un alma muy bonita
ResponderEliminarAmparo, que generosa eres. Me honran profundamente tus palabras. Un fuerte abrazo
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