A veces, las señales empezaban a tornarse desalentadoras. La lejanía que cíclicamente mostraba Paulina,
era bastante desconcertante para Juan Domingo.
En los picos bajos, cuando la comunicación era escasa, el hombre pensaba
que lo mejor era dejar el asunto así; finalmente, mas allá de la pretensión del
criollo, y de que Paulina supiera a ciencia cierta de los nacientes y
crecientes sentimientos de Juan Domingo, no se había desarrollado todavía una
marota que lo mantuviera apegado a ese botalón.
El hombre se llenaba de las muchas razones que había para no permitir
que Paulina se plantara definitivamente en su pecho y se convencía que lo mejor,
era dejar que la hoguera se fuera apagando.
Pero entonces, aparecía ella, nuevamente cercana. Aparecía como los
vientos del norte que peinan la sabana y tocan joropo en las maporas, y ese
fuego que apenas era una endeble llama, se avivaba con mucha más fuerza que en
el ciclo anterior. Tanto, que perfectamente, en esa hoguera, se podían calentar
todas las cifras de herrar del hato Macapay y sus fundaciones vecinas. Pero las
dificultades eran muchas.
Como por mano de Dios, o por mano del destino, quien puede saberlo, todo lo que había razonado Juan Domingo y
todo lo que había pensado que debía hacer, quedaba hecho cenizas con la mera visión de la sonrisa de Paulina. Es que, cuando Paulina sonreía para él, era
una sonrisa que iba más allá de sus perfectos dientes blancos y sus hermosos
labios de merey. Era una sonrisa cargada
de cariño, de dulzura, de palabras; Si, porque por entre el medio de esa sonrisa, Paulina lograba amadrinar palabras que
llegaban directamente al tranquero del corazón de Juan Domingo. Podría decirse que el hombre ni siquiera
escuchaba con sus oídos lo que Paulina le decía, porque él, seguía con la
mirada puesta en su boca. Cuando Juan Domingo estaba ante la sonrisa de
Paulina, no había otro sentido que le
funcionara; solamente la vista. Bueno, quizá un poco el olfato, porque el
inconfundible aroma a canela que precedía a la catira, era completamente perceptible por él. Así las cosas, esas palabras que amadrinaba Paulina entre
su sonrisa, tenían trillo definido e imperturbable hacía el corazón del
llanero. Pero las dificultades eran
muchas.
Para ese momento ya el pensamiento era otro. Ya Juan Domingo, por dentro, empezaba a
considerar que lo correcto era mantenerse firme en su pretensión, pese a las
muchas dificultades que existían para que Paulina y él, pudieran unir sus
caminos y fundarse en el centro del llano. No podía ser de otra manera, tenía
que ser en el centro del llano; ya el
hombre tenía visto el recodo donde habría de pararle una casa a la catira. En
la esquina que se formaba, donde el caño San Felipe le cae al caño Guamacho,
había un banco de sabana limpiecito, en pura guaratara. A ojo, pudo calcular
Juan Domingo que quizá le cabrían unas doscientas reses. Es cierto, no era muy
grande pero iba a ser de ellos dos. Por el norte, hacia el final del banco,
había un sural más o menos grandecito rematado con un morichal que crecía
altivo al ladito de una laguneta, que era, tanto hermoso, como exuberante. De ahí, claro está, iba a salir el techo de la casa de
Paulina. Bordeando el caño San Felipe,
por el sur, había suficientes palos como para sacar la madera necesaria para
levantar el rancho, el paloapique, la corraleja y la caballeriza, sin que se le
notara un pellizco a la mata de monte. También de allí, iba a salir la postería
para encerrar un paradero donde pudiera pastar el Moro Azul, que habría de regalarle
como sillonero a la catira, y un par de mangones donde tener la quesera bien
alimentada. San Felipe era un caño
veranero así que por agua no iban a sufrir, aunque de todas maneras Juan
Domingo sabia que haciendo el Jagüey, aun en lo más duro del verano, el agua no
iba a estar a más de cuatro o cinco metros de profundidad. El Guamacho era un caño pesquero,
especialmente poblado de guabinas y pavones, asi que por comida, todo estaba
resuelto. Y claro, no le iba a faltar el conuco y como Paulina era una mujer
tan completa, seguramente el patio iba a estar poblado de flores, mangos,
mereyes, caimitos, maniritas, y limón mandarino entre otros palos, y sin duda
alguna, onoto y peoresnada para sazonar. Hasta mararaves iban a haber. Pensaba hacer el frente de la casa con vista
al oriente para recibir de lleno el amanecer, aprovechando que en ese punto de
la sabana, el viento venia tanto del norte como del oriente, lo que le iba a
asegurar un refugio fresco. Además, desde el alero donde iban a guindar
el par de chinchorros, de igual color, que había tejido para él y su catira, la
vista se podía recrear viendo la llegada de garzas blancas, corocoras y
morenas, loros cara sucia, patos güires y demás variedades de aves con que el
creador había poblado el llano. Sabía
que casi siempre iban a estar, él y su catira, meciéndose en el mismo
colgadero, pero pensaba que era mejor que cada uno tuviera su propio curraco. Era tal la fuerza de la esperanza de Juan
Domingo, que ya hasta el último detalle estaba previsto. Pero las dificultades eran muchas.
Juan Domingo era un hombre de decisiones firmes; siempre que había puesto
sus ojos en un horizonte, ahí llegaba. Solo Paulina había logrado generarle
dudas. Estaba claro el criollo, que la
catira lo llevaba en sus hondos afectos, pero también sabía que ella, era una
mujer completamente temerosa a brindar su corazón. Para ese momento, ni Juan Domingo ni Paulina
eran unos muchachitos. Ambos habían
vivido su vida, tenían su pasado y cada quien ya tenía unas cuantas cicatrices
en el alma. La diferencia, era que Juan
Domingo nunca había dejado de ser un hombre confiado y querendón;
constantemente decía que la vida, y especialmente el amor, se vivían mejor sin
miedo; que si de repente uno se estrellaba, pues era cosa de pararse, sacudirse
y seguir adelante. No era, en lo absoluto, un hombre que le tuviera miedo a
enamorarse, o a sufrir. Algo había que arriesgar y mas tratándose de una mujer
como Paulina, que tanto valía la pena. Ella, a su vez, era más bien una persona
que se había acostumbrado a estar solitaria pero tranquila, con su corazón a
buen recaudo y no estaba dispuesta a arriesgarse a otra herida. Además, era una mujer tan compleja, que por
lo mismo y tanto, se tornaba indescifrable. Recuerdo que Juan Domingo le
confesó al chocotero, una tarde de diciembre, que tratar de entender a Paulina
era como andar en la noche más oscura,
en medio de un cajón de sabana desconocido y en remonta ajena. Pero lejos de ser esa condición, algo que
desalentara al criollo, era lo que más lo animaba. El reto era grande,
conquistar el corazón de Paulina era un logro del tamaño de la luna clara. Presentía Juan Domingo que si lograba que lo
quisiera, habría encontrado entonces a quien iba a cerrarle los ojos por última
vez y a quien iba a vestirle su bayetón como mortaja, cuando muriera de
viejo, en el regazo de su vieja Paulina. Pero las dificultades eran muchas
Esos eran los ciclos en los que se veía inmerso Juan Domingo. Pasaba de una
esperanza firme, a un deseo de abandonar, todo ello, guiado por la rienda que
suponía ser, lo lejana o lo cercana que estuviera la sonrisa de la catira. Podría pensarse entonces que el carácter del
criollo era voluble, y resulta que no. El carácter de Juan Domingo era un
botalón de horqueta para apegar cimarrones, pero, ante una sonrisa dibujada con
esmero por la mano de Dios, un aroma a canela que perfuma el Casanare entero
y unos ojos que son la puerta de un alma bondadosa, dígame usted, aunque las
dificultades sean muchas ¿cual hombre no se doblega?
Rodrigo Gallo Lemus
@AlegreBengali
Wow... Impresionante, que belleza de escrito, felicidades Rodri, me quito el sombrero y me quedo sin palabras.
ResponderEliminar