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Que equivocado estaba cuando le endilgué,
de manera peyorativa, el titulo de Emperadorcito a Gustavo Petro. Y no
porque el terrorista indultado no lo merezca, sino porque en nuestra frenética
realidad nacional, hay un personaje que bien podría, por antonomasia, encarnar
tan triste título nobiliario. Juan Manuel Santos, ha hecho todos los meritos
para que su fotografía aparezca ilustrando las acepciones de esta palabra. En
la figura del Presidente Santos, se configura el gobierno de la desvergüenza. Ejemplos
de tal comportamiento hay por montones, así que trataré de apelar a una recién
nacida, y por tanto, poco efectiva capacidad de síntesis, para no extenderme
haciendo aburrida esta columna.
Desvergonzadamente, el gobierno Santos, ha pretendido hacer pasar como
suyas, una serie de obras de infraestructura que realmente fueron concebidas,
proyectadas, y reservadas presupuestalmente en el gobierno de Álvaro Uribe, con
el agravante que, en muchos de los casos han sido groseramente recortadas en su
capacidad inicial, y perversamente retrasadas, con el único objeto de hacer
coincidir en los tiempos electorales, por una parte, la necesidad comunitaria de
tales obras, y por otra, la visibilización de la ejecución de las mismas. Un
uso electoral desvergonzado de lo que en realidad, es lo misional de un
gobierno. Un emperadorcito que no solo
se apropia de obras ajenas, sino que las deja premeditadamente inconclusas y
castradas en su capacidad, para con ello, seguir generando la necesidad y ofrecerlas como si de un regalo se tratara.
Vil.
Sin asomo de sonrojo, o cuando
menos, de algo de pudor, el gobierno Santos se ha convertido en un experto
maquillador de las cifras socioeconómicas y de los indicadores de gestión,
aprovechando la complejidad que representa para la mayoría de la población, la
correcta interpretación de las mismas.
Valiéndose de la fatídica muletilla, “Como nunca antes en la historia” y
de los flamantes mercenarios que a su servicio tiene en los medios de comunicación,
Santos quiere orientar a las personas del común, a creer que la ejecutoria de
este gobierno, nos lleva por el camino de convertirnos en la Noruega
latinoamericana, cuando la realidad descarnada que las cifras desnudas nos
muestran, es que ad portas estamos, de tomar el camino político, social y
económico de Cuba y Venezuela. Si bien
para una amplia mayoría de la población es difícil interpretar de manera
certera las cifras e indicadores, este país cuenta con una gran cantidad de
voces autorizadas que están advirtiendo sobre la falsedad de tales informes; y
no son voces de poca monta. He ahí un
agravante. El Emperadorcito o Príncipe de Anapoima como acertadamente le llaman
algunos, tiene tan interiorizada su sensación de monarca, que tales denuncias
no son objeto de preocupación para él. Sabe bien, que con su aplanadora judicial y mediática, y
con su muy tóxica mermelada, todo tiene una manera de acallarse. Máster en
perversión
Pero es entonces cuando empieza a brillar el rubí que adorna la corona del
monarca. Se obsequia con una costosísima, intrusiva, mentirosa e insultante
campaña publicitaria, basada en los dos anteriores pilares de la
desvergüenza. Se ha vuelto paisaje
común, la instalación de vallas publicitarias anunciando falazmente la
ejecución de obras. En Guatapé (Antioquia)
a manera de botón, se anuncia pomposamente la construcción de un bloque de las,
tan mentadas casas gratis, cuando la realidad es que son obras que están
paralizadas hace más de seis meses. En
Chinchiná (Caldas) se invaden sin piedad los predios de los cafeteros para
instalar vallas que comunican que “como nunca antes en la historia”, se han
ejecutado obras de infraestructura en el
municipio; obras que realmente y tal
como usted lo intuye a estas alturas de la lectura, no existen. Ejemplifico con solo dos municipios, de los
más de mil doscientos que tiene el país, en donde sucede exactamente lo mismo.
Multiplique y asómbrese. Y ni que decir
de la constante aparición en televisión de unos espacios comerciales -
institucionales, que de acuerdo a las cifras de ejecución presupuestal y de
bienestar social que presentan, harían antojar a los dubaities.
La última cifra seria y sustentada, del costo de la publicidad
gubernamental, nos habla de alrededor de 1.6 billones de pesos (esta cifra es
del año pasado y en mi mente, me la imagino cantada en la voz de Pacheco,
presentando el Programa del Millón). Si, de acuerdo, es una cifra que a todas
luces, es escandalosa, ya que con estos dineros se habría podido hacer una
seria y necesaria inversión social en nuestro país, pero ya ven, estamos
gobernados por un Emperadorcito para quien lo único que cuenta, es la imagen. Un perfecto Narciso.
La descarada persecución judicial y electoral hacia el grupo político que
se echó al hombro, la responsabilidad de hacer oposición, y que se manifiesta ella, con el absurdo desconocimiento de básicos
principios legales, sentencias y
jurisprudencias, no es más que el comportamiento típico de un tirano. Pero lo más grave de todo, es la impavidez
del pueblo colombiano ante semejante combinación de esperpentos. Asiste como
convidado de piedra al saqueo del erario y a la supresión de muchas de las garantías
ciudadanas, adormecido sí, por la
maquinaria del monarca, pero también por su propia inacción y apatía
democrática. Recordemos la sentencia que
reza que los pueblos merecen a sus gobernantes.
Colombianos ¿Quieren ser merecedores de un segundo gobierno de Juan
Manuel Santos y el advenimiento del socialismo?
Rodrigo Gallo Lemus
Ad 1: No es extraño que el comportamiento de Santos y de Petro sea tan
similar. Son dos dientes de un mismo trinche que se completa con Nicolás Maduro
y que hábilmente esgrime Fidel, desde Cubita, la bella Cubita, la de La Habana
preciosa…
Ad 2: El tema de este articulo, es fruto de una amena tertulia con un
inmejorable grupo de amigos tuiteros, demócratas y preocupados por el futuro de
su nación. A ellos mi gratitud.
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