La herencia intelectual que nos legó Jacob Burckhardt (1818-1897), vino a nosotros de un modo tan azaroso, como si
nos dijeran ahora que un tío suizo nos dejó una cabaña a orillas de un lago
alpino, y debemos ocuparla en pleno invierno europeo.
La obra de Burckhardt es semejante a
una aventura insospechada: Hay que viajar a un paìs lejano, donde se habla una
lengua del tronco germánico, en un tiempo pretérito, en donde se ha dado la
génesis de nuestro edificio político actual. Traducidas al francés, sus ideas
adquieren un sabor republicano que se niega a perder la aspereza rectilínea del
alemán.
Desde una meseta poblada de columnas
truncadas, emergen tres pilares bien pulidos: Estado, Religión y Cultura,
anclados entre sí por vigas aéreas de igual densidad y distancia, en figura triangular.
Una estructura social, con este modelo, parece imbatible.
El Estado trae el componente político,
poblado de leyes y sostenido por el elemento “fuerza”, insoslayable por la naturaleza humana. La Religión
contiene el bagaje suficiente para suplir las necesidades metafísicas del
espíritu humano, especialmente el “sacrificio”,
que se compensa en el ámbito de la conciencia. La Cultura parece más bien, un
bálsamo inasible apuntado a las necesidades estéticas, peregrinas entre cuerpo
y alma, que intuitivamente entendemos como “felicidad”.
Esa masa fulgente de fuerza,
sacrificio y felicidad, pretende definir cabalmente la vida social inteligente.
Más breve no es posible.
La construcción de tal ente, dentro de
un pueblo, lleva siglos de paciente labor social, y sólo observaremos aquí su
movilidad. Llamaremos “Superestado” a un juego de azar que la Historia
despliega como rutina, sin que nadie pueda planear los resultados ni medir sus
efectos. Gana la sumatoria.
Los romanos edificaron su ente
tríptico mundial desde un nicho municipal, apoyados en los criterios agrarios
de una sociedad aristocrática muy disciplinada. No hay noticias de que la
superposición posterior que hicieron sobre su vecindario, se haya logrado sin
el uso de la fuerza, que siempre iba por delante, en alas de las legiones. El águila servía de emblema.
Las mesnadas castellanas que
realizaron la conquista de América siguieron la rutina romana, acaso sin pensar
en ello, movidos por la sed de oro y la fe cristiana a modo de égida. La cruz servía
de emblema.
La otra forma de movilidad política
observable se ha dado en la Revolución Francesa y la bolchevique en Rusia. Desde
el mismo seno del pueblo surgió el huracán que barrió toda la estructura social
de la nación, y de la catástrofe fue saliendo un nuevo orden, ávido de dirección
para subsistir y formar su cauce.
Si se diera el caso de nuestra Segunda
Regeneración, no deberíamos esperar un movimiento espontáneo y en mansa paz
para hacerla posible. El mal que nos agobia está tan enraizado en el alma
nacional, que sólo un Superestado de fuerza,
sacrificio y felicidad, nos
daría otra oportunidad para dejarles a nuestros descendientes una vida mejor.
Tulio R. Montes Madrid
0 comentarios:
Publicar un comentario